lunes, 21 de julio de 2008

Maquiavelo es un pendejo

Definitivamente la realpolitik no está de moda. Para los progresistas, esto es, la mayoría de analistas, bloggers, académicos, etc etc, nada justifica quebrar las fórmulas. ¿Qué haría usted si para salvar a 50 niños debe extraerle a un terrorista una confesión, y la única manera posible es con una máquina torturadora infalible? y ¿Qué haría si para salvar a su hijo de las garras de un demente pervertido sólo tiene por camino volarle los sesos?

No fue Maquiavelo quien dijo que el fin justifica los medios, fueron sus interpretes; no obstante, a partir de sus consejos al principe, la política tomó nuevo cariz, comenzó la supremacía de la necesidad por sobre la ética. Lograr el bien supremo, sacrificando bienes intermedios. Es también la justificación de la mentira necesaria y de la manipulación en aras de lo bueno. Aunque hay que precisar que lo bueno era entonces la preservación y el incremento del poder del principe. Es una sociedad moderna, democrática, el bien tiene relación con valores superiores: la paz, el amor, la felicidad del mayor número posible de personas.

Si tuviera que mentir para salvar la vida de un niño ¿Usted dudaría en hacerlo? Asumamos que su desmedido apego a las fórmulas lo fuerza a decir la verdad en toda circunstancia. Usted dice la verdad y el niño muere. La verdad era para usted el bien y la mentira el mal, pero la realidad esencial le dice otra cosa. Que el niño muriera era el mal verdadero y usted colaboró con ese mal y al hacerlo su acción buena mutó a una acción mala, criminal. Las acciones sólo pueden ser valoradas por sus efectos, sino es una valoración muerta. En muchas ocasiones el mal sirve al bien y se convierte en bien. Y caso contrario, su rigidez moral que lo lleva a practicar el bien genera daños, males que una trasgresión oportuna podía impedir.

Ningún moralista ha estudiado la ética sino desde sus conexiones y raíces con el dogma racionalista o religioso, siempre desconectado de la realidad sobre la que actúa.

Lo cierto es que la mentira puede ser heróica como la trampa o el atajo. Además, la mentira desenchufada del mundo real es socialmente suicida. Imagine que una mañana se levanta un poco extraño. Un haz de luz lo ha invadido y lo conmina a decir sólo la verdad. Le dice en el desayuno a su esposa que luce fatídica con esa bata gris, que odia a sus suegros, que ha tenido mejor sexo que el que tiene con ella y que siente que ella le ha robado oportunidades de crecer profesionalmente. Todo subjetivo, pero verdad desde su visión de las cosas. De paso le confiesa que se levantó a su prima (pero fue un desliz) y que claro que eso ya pasó hace mucho, que usted ha cambiado; pero ya lo escupió. Adiós matrimonio. Los hijos pierden vivir con su padre y full dolor.

Imaginese que llega a su oficina, expectorado por su esposa (posiblemente para siempre) y le dice a su jefe que ya no lo soporta y que odia el mísero sueldo que gana y que el mal aliento endemoniado que le exhala en las mañanas es una expiación.

Imaginese que, despedido de su trabajo y en perspectiva de divorcio, va a visitar a su mejor amigo para consolarse con unos tragos. En medio del lloriqueo le confiesa que su mujer le atrae y que alguna vez ella le hizo unos guiños.

Camus decía que era necesario que el medio justifique los fines, o sea, inmolense por una nube. Pero digamoslo con todas sus letras, la mejor ética es la que está asentada en la realidad y en la felicidad del hombre, en lo útil a ella.

Quien en la política o en la vida se apega demasiado a las fórmulas y cae rendido de culpa, ignora la importancia de la fuerza de gravedad. Pisemos tierra. La inteligencia es realista y práctica, quien no se someta a su funcionamiento, está condenado a perder.

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